La dura verdad
Nadie puede decir que en el bar de Bacacay humillaron a un hombre. Al contrario, perdió sí, pero contra un oponente digno que lo arrebató con guante blanco sin verla venir. El amor tiene sus suspicacias, el asunto resulta ser —a veces— un duelo tácito de caballeros que se desconocen y lo único que los enfrenta es la señorita en cuestión. Pero acá nadie se lo esperaba. Todos estaban convencidos que la pechugona se había ido con el viejo Oscar Fragocci, dueño de la inmobiliaria, tenía 85 años y varias propiedades, era un blanco fácil para la mina, pero no. Vea que no. A juzgar por su reputación y los falsos testimonios de enamorados despechados que pretendían ensuciar su nombre, se la vio por el contrario, pasar por la vidriera del brazo muy acaramelada y desinteresada con un señor. No era Oscar, no era Lizárraga, no era el bohemio, tampoco era un romántico. Era Tito, el bachero del bar de Bacacay. Paseando con su nueva novia el día de franco.
FIN