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Martes, 27 de Octubre del 2026

La mesa de los bohemios

 

 

 

 

Los bohemios eran espíritus sin sonrisa ni futuro. Gente noble que llevaba para sus adentros un fatal dolor inexplicable, incomprendido e inútil a fin de cuentas. Hay quienes dicen que eran unos rebeldes, otros alegan que eran un dulce de leche. Lo cierto es que nadie sabe nada concreto sobre ellos porque hay que ser bohemio para saberlo, para conocerlos, para vivir su carne de puro lamento. ¡Qué vida jodida!

 

La mesa de los bohemios siempre se encontraba ocupada por uno o dos de ellos. A veces eran un puñado de bohemios bebiendo ginebra perdidos en la bruma del pensamiento, filosofando tal vez, quién sabe, cada uno en su mambo sin mirarse ni hablarse. No conversaban entre sí, como mucho se hacían un gesto con la cabeza como diciendo “¡Qué lo parió, qué vida jodida!” —unos piantados que daban miedo. 

 

Para un bohemio el amor de la pechugona era perfecto. Perfecto en lo no correspondido, perfecto en lo imposible, en lo irreal, un recuerdo inolvidable. Era menester enamorarse de la pechugona, sufrir su amor, hacérselo saber y partir. Sin escalas a la frustración. Todo bohemio sabe que no puede ser amado.

El sueño de todo bohemio es pegarse un corchazo o morir de cirrosis, al menos así encontramos a varios en las piezas del conventillo. Asumimos indirectamente que un oscuro pacto los une en su vida y muerte de esta manera, vidas cortas e intensas, misteriosas y sin televisión a color. 

Se comenta entre pasillos que existió un traidor que faltó a la mística y se fue con una rubia de pelo corto, esas que recita el versito ¿Lo conoce? Una desfachatez, un atropello. Un vivo bárbaro que se encamó ni bien pudo. Nadie va a juzgarlo, eso más que un pecado fue un milagro divino. 

 

Continúa en el siguiente capítulo