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Martes, 27 de Octubre del 2026

La mesa n°12

 

 

Para cuando Norberto Lizárraga se dio cuenta de esto, se encontraba sentado en la mesa doce del barcito que está en Bacacay. Comía una porción de muzza con faina y la cerveza negra artesanal coronaba la cena. 

Los comensales de las mesas aledañas notaron —sin dejar de lado su sorpresa— un cierto aire de asombro en la cara del hombre, como alguien que se acaba de ganar un bingo. Apretó la servilleta transparente —esa que no sirve para nada y que parece una hojita de calcar—, y sin sacar la mirada del horizonte se bajó el vaso de un saque. 

 

Se comenta que Lizárraga es habitué del lugar, y por eso el mozo no lo apuró a pagar la cuenta, como suelen dejar el ticket sutilmente bajo el servilletero cuando lo quieren despachar a uno. Pero quedó atento, pendiente a ver qué hacía el tipo que pegó un grito a media voz saltando de la silla como eyectado por un resorte. Era rara la situación. 

 

Claro que un sábado por la noche, a eso de las nueve o por ahí, no es raro. Suelen pasar los superclásicos de Boca vs. River, Racing contra Independiente, etc. Ahí no es raro, no, es más probable que haya gritos, saltos, insultos, empujones y mucha cerveza, artesanal o marca Palermo. Fría, congelada, chorreando pasión. 

 

Pero era miércoles. 

 

En la mesa de la esquina estaban sentados Ubaldo y Ernesto. Charlaban sobre un nuevo negocio de inversiones. Dos chantas. 

 

—El pobre está más loco que una cabra —dijo Ubaldo.

—¡Y qué querés, si la mina lo pateó a la calle como un perro! —murmuró Ernesto entre risas socarronas.

—Estoy esperando que me diga el precio por el “Milqui” y lo abrochamos. ¡Es una belleza como lo tiene! —se refregó las manos Ubaldo, y comió un maní. 

—Hay que aprovecharlo ahora, el tipo está con la guardia floja, unos verdes y lo larga. Espero que no le agarre por la nostalgia porque cagamos. No lo suelta más.

 

Levantó la mano Ernesto para pedir otra cerveza. Enero con 31 grados amerita. 

 

El yerno de don José y don José (el padre de María Paz) lo tenían de frente y tuvieron que hacerse los distraídos, aunque se les notó el julepe por el grito. No demoró demasiado Román en encontrar nuevamente el hilo de la conversación para pedirle a Pepe un pequeño préstamo, en principio para comprarle el anillo de compromiso a la nena. Uno muy caro, por supuesto, como merece la piba. 

Un rana de aquellos. Pero el viejo zorro aprovechó la volada para hacerse el otario. 

 

Era muy temprano todavía para irse. Dos veces fue al baño Lizárraga. En el camino saludó a todos los conocidos, pues le quedaban de pasada. La segunda no salió solo. Simulando un encuentro casual se lo vio conversar muy brevemente con Pocho. Uno contaba plata y el otro hacía sonar el fuelle con un resfrío raro. Desde la barra los muchachos se reían y con un chiflido (que era un guiño), el Colorado —mozo de mostrador del lugar—, puso en el tocadiscos una milonga. Sutileza de la barra. 

 

Una pavadita para pasar el turno. Si hasta Lizárraga se rió. Todos estaban en la rosca, unos más otros menos pero sin ofender, era más bien un código.

 

Esa misma noche lo pararon a Pocho a dos cuadras del bar. Se lo llevaron por tres años. Un poco por no pasar la cometa de la papa y otro tanto por una loca del quilombo que se le reveló y lo denunció. Pero fue más por no pasar las atenciones propias a los jefes de calle. 

 

En la mesa número doce se derrumbaba un hombre, el hombre, el viejo Lizárraga. Ese que tenía un amor en cada esquina, el que hacía hamacarse al Dodge 1500 sin cesar en los autocine, ahora era un harapo, ¡tirado cómo un pucho! —La vejez es peor que la muerte —pensó. 

Habrá pensado también que no hay “vejez digna” como le suelen llamar. 

 

El amor es un mal que merece ser vivido y no contado. Vale la pena morirse de amor, muchas veces, tal vez. Y Lizárraga pagaba con creces aquella canallada que le propinó la mina, la del locutorio, la pechugona. 

Cuando hablamos de un “mal” entiéndase también el porqué. Los amores, los verdaderos digo, son los no correspondidos. Son esos por los que uno se desvela, sufre y padece, adelgaza. Los otros no sé —me atrevo a decir, casi afirmando—, si son dignos de ser llamados como tal. Un amor para un hombre a ciencia cierta y con varias cuadras de cordón y vereda, se puede decir que, no es lo mismo que para una mujer. 

El hombre debe pasar años de sufrimiento a escondidas, sin dirigir una sola palabra, llenándose de miradas furtivas y celosas, gestos silenciosos y domingos frustrantes a solas. Si hablamos de hombres de antes y amores de antes —hágase la distinción—, porque en lo que pinta para la actualidad y los tiempos modernos es otra la onda. Lizárraga desfallecía en aquel bar.

 

Sin embargo se comenta que la mina ya hace la suya. Claudia se llama o se llamaba. Y claro con apenas 27 años, ¡véase nomás si va a padecer siquiera un dolor de cabeza por un cincuentón calavera como el Lizárraga! Pavote el viejo nomás —¡Viejo y peludo!—, caer así. 

 

¡Pero la pucha che!, quién no tendría ganas de sufrir por esa pechugona. Es inevitable para cualquier cristiano noble y humilde. El caso es que el razonamiento era simple, ecuación común, era un cuento cortito de un par de párrafos. 

 

Los bohemios y los románticos tenían ganado el sector del fondo del bar. Hacia la derecha. 

En la esquina izquierda los poetas y escritores de novelas y cuentos. 

 

Para los bohemios, los amoríos, eran cosa de zaguán y olvido. Después noches de ginebra y cigarro. 

Sin embargo los románticos creían en el idilio, la utopía, la flor y el beso. Creían hasta las mentiras más absurdas como la virginidad misma de algunas. Hasta hijos tenían. Pero eso no importaba porque el romance era el sentido de la vida. 

Los poetas y escritores de novelas y cuentos eran tipos jodidos. Sí, rebuscados, intensos y densos. Pasaban las noches entre la rima y los símbolos, la cosa misteriosa y la ficción —todos los tipos de los cuentos o los protagonistas de los poemas eran unos piantados bárbaros. 

 

Ahora le tocaba a él, pero no hace mucho pasamos lo mismo con el “Cabezón” Iturriza. Claro que lo del Cabezón fue cómico, se enganchó con la maestra de primer grado. Una cosa bizarra como habrase visto nunca. ¡Espichó la pobre vieja! Un amor mortal, fatal, asqueroso, ¡Y sin necesidad, viejo!

Dicen que en la casa del Cabezón, entrando en la sala, se ve sobre la mesa la foto del último día de clases. Los dos sonriendo. Un bochorno. 

 

El Cabezón, Lizárraga, Ubaldo, Ernesto, Pepe, el Colorado, y otras huestes que no mencionamos, son parte de la barrita que paraba en la esquina del barrio de Flores. Todos conocidos y re-conocidos. Habían compartido novias en la adolescencia, primas, hermanas, y hasta alguna tía. Fueron —me animo a decir— los pioneros de la clásica pregunta “¿Sabés cual es la diferencia entre Flores y Floresta?”, si usted lector la sabe, sepa que fueron estos degenerados los inventores. 

 

Eran apenas las once y media de la noche y el jueves caía feriado, la cerveza corría sin parar por la barra hasta las mesas. No estábamos todavía ni cerca del despiole que se iba a venir.

Para adornar la historia con guirnaldas de colores y chisme barato, podemos rescatar situaciones muy picantonas que surgieron —porque no sólo Lizárraga tenía sus cosas—, cabe decir, por ejemplo, que la señora de Petroruzzi, el viejo de la inmobiliaria, estaba sentada en la mesa más remota y olvidada del salón y no con el esposo, sino con el cuñado, entre caricias sobre el jeans y el escote perfumado de la doña que se cubría el rostro con una capelina y anteojos negros de sol. Estaban junto a la puerta del baño de caballeros, ese por el cual Lizárraga tenía un afecto notorio, pues iba y venía como nervioso, apurado. 

—¡Cómo le va señora! —dicen que dijo Lizárraga, con cara de asustado cuando salió del baño. 

 

—¡Cuál pistola! —dijo la vieja avergonzada con el rifle del cuñado en la mano. 

 

El tipo pegó un grito de dolor. Apretó fuerte la vieja. 

 

—¡CUIDADO LAS BORLAS! —gritó el Colorado cagado de risa desde el mostrador, sin perder detalle de todo lo que pasaba. 

 

Imagínense, toda la barra era una carcajada. 

 

Continúa en el siguiente capítulo