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Martes, 27 de Octubre del 2026

Las novias del quía

 

 

 

 

 

 

Las líneas en el tango que rezan “yo me emborracho por ella, ¿y ella quién sabe qué hará?”, son la sinopsis de esta opereta tragicómica de Lizárraga y de los guapos de la barrita. Algunos con más decoro y otros humillados hasta por debajo de las baldosas. Nuestro amigo es de los de la segunda fila. Enamorado estaba el tipo, hasta la ridiculez misma de padecer como un purrete, un adolescente inexperto: ¡pero qué poder sobrenatural cargaba esa pechugona para herir de muerte el corazón de un viejo mosquetero, ágil para los arrumacos, salidor y atorrante! Le dieron de probar de su propia medicina. 

Los despechados dirán que Claudia, la pechugona, era de cascos ligeros y que nadie quería tomarla en serio, por lo que decían de ella y la reputación que manejaba. Además trabajaba en un locutorio doce horas, con el escote ese, el bretel reforzado y las calzas ajustadas como si estuviese por entrar al gimnasio en cualquier momento. Los tipos se le colgaban de la reja como queriendo pasar entre ellas hasta el otro lado y envolverla con sus brazos al punto tal de la asfixia. La mejor hora era a la tardecita, tipo siete u ocho, más tirando a la noche. Ahí era un espectáculo porque volvía del descanso bañada y perfumada, con el pelo suelto, el perfume del shampoo todavía y la piel tersa encremada, una locura. Ahí desfilaban los tipos que iban a hablar por teléfono con un primo lejano, una tía solterona —era el entre más común, todos querían jactarse de cualidades nobles, tiernas, heroicas, sensibilidad ante todo y caballerosidad. Nada más hipócrita y lejos de la realidad—, la madre enferma y solita nunca podía faltar en el repertorio de los enamorados, embobados, como niños con los globos a la salida del circo, que circulaban por las cabinas telefónicas. Globos no faltaban. 

 

Por supuesto que la mina no era ninguna tarada. Disfrutaba en cuanto podía de los muchachos tan inmaduros, precoces en labia y creatividad. Además era viva, no se dejaba ver con ninguno, aunque el chisme volaba y los ratones de los que todavía no habían probado sus mieles eran —a esa altura— leones feroces y hambrientos. Todos querían saber cómo era. 

 

Lizárraga entró como un campeón nadie lo puede negar. Ayudó un poco que a Claudia los hombres mayores le gustaban más. Sin embargo, hizo mérito. Un día le hizo un piropo cuando recibía el vuelto de una llamada y juntito a la sonrisa de la pechugona aprovechó el descuido para rozarle la mano. La primer mirada fue un flechazo. El viejo se fue con las patitas temblando —no se notó, un galán—, era un dandy con mucha cancha pero no hizo pie de una: el amor te noquea. 

Lo vieron esperarla muy tarde, cuando cerraba el locutorio, sobre la esquina a una cuadra en el Dodge. Se bajó del auto (como corresponde), la besó en la mejilla (como corresponde), le abrió la puerta e hizo todo lo que correspondía para ganarse semejante camión. Envidia, recelo, puteadas, aplausos, chiflidos y ademanes merecía la proeza. Era un triunfo colectivo para toda la barra, es más, hacían alarde con los otros barrios, Lizárraga era un prócer. 

La verdad es que siempre fue el más canchero, el lindo, el de los ojos claros y los rulos dorados: era un querubín el hijo de mil. 

A los trece años el viejo, don Ricardo, lo llevó a debutar mientras que los demás jugaban a las bolitas. Fue el primero en tener novia en la cuadra y además, para no ser menos, se levantó a la piba nueva del barrio. Era una familia de tanos con dos gemelas. Lizárraga dice que estuvo con las dos, pero ya suena a chamuyo. 

 

Después llegó Mirtha, Esther, Graciela, cinco en la primaria, cuatro más en el club, la hija del farmacéutico, la del fletero, la del panadero. No dejó títere con cabeza. Todas llorando, todas abandonadas por el desalmado este, pasaba de un amor a otro sin aviso y las dejaba esperando en la placita una tarde cualquiera. 

 

A los diecisiete lo hicieron reflexionar a la fuerza, el hermano de Carmen fue, la hija del farmacéutico. El morocho tenía dos brazos como árboles y era peso pesado en la confederación de box de la sociedad de fomento. Resulta que la piba estaba llorando por este sotreta y llegó a oídos del hermano, el que no dudó en citarlo en la plaza por medio de una carta que ella escribió. 

—¡En la cara no! —se comenta que suplicó Lizárraga. Le pegó una biaba de aquellas. Estuvo mes y medio sin poder sentarse derechito, le aflojó las costillas: hasta el alma creo que le aflojó. Carmen se mudó del barrio con la familia, y el hermano viajó a México para competir profesionalmente.

 

Continúa en el siguiente capítulo






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