La mesa de los románticos
Los románticos respondían al llamado del amor sin escrúpulos, sin entrevistas, sin importar la belleza, el color, el peso, a veces ni el sexo importaba. La fantasía valía todo lo demás, estos muchachos bellos y esbeltos, refinados y literatos, perfumados y limpios, morían por la rosa y veían la épica en las espinas. Suspiraban obviamente por la turgencia y las voluptuosas virtudes de Claudia. Eran románticos y toda la cosa, pero no eran de goma, se prendían fuego con verla pasar. Se dice que un romántico faltó al bar en una ocasión para dejar por un rato de lado los poemas de Benedetti y Sabines y los cambió por unos minutos de escote y corpiños desbordados. Los que esperaban en la fila para pasar a las cabinas dicen que el ñato comenzó a recitarle un versito a la mina.
Desenfrenado, pasional y desbocado le dijo:
Es usted un sueño prohibido
la humedad del beso de fuego,
son sus pechos dos palomas
que retenerlas yo no puedo.
Es mi delirio mirarla
y mi epopeya tenerla,
mas no hallo consuelo
si no me deja quererla.
No era una cosa como para el aplauso, pero convengamos que tampoco para putearlo. El tipo estaba sinceramente entregado ante todo aquello que retenía en sus retinas, era una víctima de sus debilidades, preso del instinto. Un poco calentón, sí, pero justificado por el enamoramiento. Por desgracia la pechugona era mina de acción y el poema le pareció una pedorrada anticuada, fuera de uso. Pasó sin pena ni gloria. Dicen que se cambió de mesa desde ese día. Al poco tiempo se suicidó.
Continúa en el siguiente capítulo