Una patada criminal
He visto al negro Pelé metiendo patadas eh… o a Ruggeri. ¡Te acordás el guadañazo que le tiró al Chila, no, eso fue para cadena perpetua! Al Diego, las patadas karatecas de los coreanos en el mundial 86. Cosas sin comparación, sin antecedentes. Ni siquiera en los mundiales (¿se le dirán mundiales?, no sé), en las competencias de artes marciales, quiero decir, uno podría imaginarse semejantes salvajadas. Lo que pasa es que nadie recuerda lo del gordo Tita; un tipo único, maravilloso, hábil, ágil, intrépido, sagaz. Pero muy faulero, eso sí.
Así como decir registros de su trayectoria futbolística, no. No existe, tal vez nadie lo filmó para la tele pidiendo como deseo “jugar un mundial”. Ni siquiera puedo recordar que su viejo, el Colorado Titale —de ahí viene lo de Tita, y gordo porque era gordo—, pero ni siquiera eso recuerdo de verlo al padre en la cancha en algún partido del hijo. Son estrellas fugaces, qué sé yo, gente que no alcanza la gloria, la cúspide, lo más alto del éxito. Es más, nunca salió de la última división de esos equipos chicos, uno que ni el nombre; tenían casaca negra y blanca te puedo decir como mayor detalle. Pero lo que te cuento es real eh… posta, posta.
Y bueno, bien dicen que los recuerdos se van cuando uno viene para este lado. Pero la consciencia, lo cognitivo, ¡los dolores! ¡Ah, no, viejo! No me vas a decir que esta marca acá es de mentira o una ilusión. Mirá. Pero mirá bien; criminal.
Lo que pasa es que se disputaba la final, y yo lo entiendo al gordo. Se jugó el todo por el todo. Habían pasado ya ochenta y cinco minutos y la cosa pintaba para cerrarlo ahí. Un 2 a 1 digno, honorable, un juego de hombres con valor y gallardía. Reñido hasta el final.
El primer tiempo fue de ellos, te lo puedo reconocer. No supimos salir del fondo. Cuando la recuperábamos la marca era muy fuerte, además el flaco Urrutia siempre fue un animal defendiendo; te ponía una pata y se acababa todo, no te quedaba otra que volar por el aire. ¡Había que ir a trabar con el Flaco, eh! Después los tiros libres muy lejos del arco, la falta de creatividad para crear los córner. No, la verdad, merecido el gol de ellos en el primer tiempo.
En el segundo tuvimos alguna lucidez, algunas ráfagas de habilidad por parte del 9, asistencias del Corto Rodríguez, el gol que llega a los sesenta y dos con el cabezazo de Heredia y logramos el empate. Claro que duró muy poco.
Pero no quiero terminar así de una con mi relato, no. Porque hay cosas que no se pueden transmitir si no estuviste ahí, pero prestame atención. ¿A vos te gusta el fútbol, no? Sí, si tenés una cara de tercer tiempo vos, con respeto por supuesto, pero te veo así, pelado con barba blanca, un hombre de edad, habrás visto todos los mundiales y todos los partidos de la humanidad. Sí, ese gesto me lo confirma. Dejame que te siga contando.
45 grados Celsius, una humedad de la San Puta, verano, los morochos de la tribuna sudando vino tinto y cerveza a chorros, era una cosa, no, no te puedo describir eso, los cuerpos semidesnudos revoleando la camiseta en la final de la liga.
El DT de ellos azul de gritar, ya sin aire, pidiendo que no se queden, ¡UNA MÁS! —gritaba. El nuestro, que era Gutiérrez Melo, una de las glorias también de las antiguas ligas menores, sacudiendo los brazos, rezando y pidiendo al 9 que saque alguna magia de la galera que nos dé la victoria.
En eso logro ganar la carrera en una pelota cruzada desde el fondo con un tiro libre que da rebote, el 9 que me la pasa en un tiro perfecto al pecho, comienzo a correr en diagonal y liquido al arquero con un zapatazo que va a la izquierda, en el ángulo superior y revienta la red.
¡GOOOOOOOOOOOOOOL!
Se cae la tribuna, el paravalancha, todos a mi encuentro para el festejo. Ya estábamos a nada del final del tiempo reglamentario. Pusimos el marcador 2 a 1, en el minuto ochenta y cinco. ¿Entendés?
Todo mágico hasta ahí. Y no va que se me ocurre hacer una picardía. Y te la cuento sin rencor eh. Te repito, el gordo Tita se jugó el honor. Claro, qué se iba a imaginar que me iba a pasar para el otro lado.
Minuto ochenta y nueve, salgo jugando, llevo la pelota haciendo una gambeta magistral, miro al DT, me pide que la aguante. Paso a uno, paso a dos, y al tercero que intento pasar, es a él, al Gordo, cuando de repente siento una patada, pero qué digo una patada, sentí un poste de luz, un tren, que me arranca la respiración y el aliento en algo que a juzgar desde acá pudo haber sido una patada a la altura de las costillas más o menos. No me levanté más. Te imaginás, ¿cómo me decías que te llamabas?
—San Pedro.
—Pedrito, Pedro viejo nomás. ¿Paso por acá entonces?