Una oportunidad única
Un viejo y cansado reloj adornaba la pared, no menos maltratada, de la Biblioteca Municipal de Boedo. Quieto e inmóvil, hacía honor al pretérito imperfecto que profesaba la dicha y la gloria de otros tiempos mejores; aquellos cuando su brillo y pintura, sus agujas doradas y el escudo patrio en su interior hacían justicia estética en lo alto de la mampostería ancha y solitaria. Esa pared servía de respaldo para el sillón de ébano con almohadones carmesí que una vez —y sólo una vez— el intendente estrenara, junto a una colección completa de las obras del gran escritor Jorge Badeneira.
Ahora era solamente un cadáver, incapaz de marcar los segundos o los minutos que dividen a Dante de Stevenson, la noche del día o las horas que dura una guerra. Se le dio por función medir el tiempo para guiar a los hombres en sus rutinas mortales y fue el tiempo quien terminó destruyéndolo; paradoja que resume la existencia.
Hoy pasé por la puerta de mi viejo empleo de la juventud y quise entrar, sentarme y recordar mi historia.
Tenía por costumbre sentarme allí los quince minutos que duraba el descanso antes de regresar a mis tareas. Era estudiante de Letras en la Universidad de Buenos Aires y había conseguido un modesto puesto como asistente en la biblioteca; por acomodo, gracias a un tío, hermano de mi padre. Mi horario terminaba a las tres, hora en que llegaba mi relevo. Lo curioso en aquel entonces —antes de entender que no tenía nada de curioso, sino que era necesario— es que nunca me lo cruzaba y nadie tampoco me hablaba de él. Y no es que sea cosa común hablar por los pasillos de todos y cada uno de los empleados; es más, yo no cultivaba amistades en el trabajo, pero sí me creaba un cierto recelo aquel secretismo con que se guardaba la identidad de ese hombre. Al principio me persuadí de que no era tal cosa, le echaba la culpa a mi maldita paranoia, razón por la que sufría horribles trastornos de sueño y ansiedad. Y así estuve sosegado, automedicado con el placebo de las excusas, acallando la duda.
En más de una noche crucé laberintos perseguido por una bestia sin rostro que jugaba con mi destino y mi suerte. Y las pesadillas no eran menos reales que el sonido casi perpetuo de aquel reloj, perpetuo como la voluntad de un Dios que decide soñar al mundo que creó y al hombre de sus sueños hasta que quiera despertarse y adiós hombre, reloj y mundo. Yo quería despertar, pero el sueño me seguía como una sombra hasta las puertas de la biblioteca, hasta el sillón de ébano y las tres de la tarde, cuando sonaba el maldito reloj de pared.
¿Quién sería? Me pregunté una mañana antes de salir de mi departamento en la calle Vieytes. «¿Quién sería?», se oía una y otra vez como el tic-tac del reloj en mi cabeza a toda hora. Ya no me alcanzaría con saber su identidad; debía hacer algo más al respecto o su rostro, descubierto tras mi insistencia, sería aún peor en las noches de aquellas pesadillas. Tomé el saco del perchero, un puñal que guardaba en un cajón y salí.
La radio y los periódicos recibían al gran escritor Badeneira a diario. Sus libros y ensayos estaban en boca de todos los profesores, estudiantes de la universidad, y en las charlas de café. Con gran placer había leído cada uno de los tomos de la colección completa que había regalado el intendente, y fui uno más de los que se alegró al saber que esos libros tan preciados para mí, escritos por mi autor favorito, estaban a metros del escritorio donde me sentaba, listos para ser hojeados tantas veces me placía hacerlo.
Llegaron las tres de la tarde y me quedé escondido detrás de las columnas de títulos acomodados por géneros y códigos que rodeaban la oficina en esbeltas estanterías. El silencio era tal que mi respiración se podía escuchar tan fuerte como el gol de Kempes a los holandeses. Solamente se entrecortó al oír girar el picaporte; entonces apreté el puñal con todo el temor que me infundía aquel monstruo y salí al encuentro, dispuesto a hundir hasta el tope la daga en su pecho.
El viejo bibliotecario levantó la mirada; la luz amarilla de una lámpara titilaba sobre su testa apergaminada en la oscuridad de la habitación.
—Me firma un autógrafo —atiné a decir, escondiendo de inmediato el cuchillo.