Textos fundacionales
“Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer. Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así. Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto”.
Génesis 1.
En el capítulo veintitrés del Evangelio de San Lucas las líneas sagradas evocan el pensamiento de Dios, quien inspiró al evangelista en su escritura. Desde aquellos tiempos —y sin ningún tipo de precisión, pero igualmente cierto— el autor era un ser elegido, celosamente, por el Altísimo al que también llaman Jah o Jehová.
La erudición tanto como la experiencia son, tal vez, dos de las (pocas) cosas que no se pueden comprar. Una de las tareas que se le encargaron a Lucas fue escribir la biografía de Jesús. Lo más difícil de dicho trabajo —me inclino a pensar— quizá haya sido evitar la tentación del hecho ficticio.
Un hombre atraviesa una puerta y eso puede ser todo lo que otro vea. No es lo mismo que tres hombres atravesándola y otros tres que observan a aquellos. Quiero decir que alguien podría poner la mirada en la mano que sostiene la perilla, la posición de los dedos al girarla o el pie que ingresa primero tras cruzarla. Otro podría fijarse con mayor atención en el rostro que trae ese que ya está aquí, su semblante pavoroso o la gallardía de Héctor. Tres o más serían un verdadero acto de dramaturgia, imposible de componer eso que llaman «realidad». De este modo, el mito sería en sí mismo un hecho; la composición de elementos necesarios para dar, sin muchas más explicaciones, una página de un libro.
Las sagradas escrituras que se les otorgan a los apóstoles fueron escritas por obra y aliento del Dios inspirador. Podemos pensar en un Dios documentalista que en su infinita sabiduría le regaló a los hombres su propia historia, geografía, leyes, filosofía, matemáticas, épica y héroes, ética y moral. Vida y muerte. Como así también pudo ser el Todopoderoso un escritor exquisito, mentor de Garcilaso de la Vega o Quevedo. Aquel mismo Señor que dotó de sentido los versos de Dante en La Divina Comedia o Fausto de Goethe.
El asunto que ataca la confesión del sensible mundo de las ideas es el que a continuación se cuela entre líneas, como la arena del reloj ante el tiempo inevitable —irreversible— o el agua de la inclemente tormenta por una débil rendija de la casa más humilde. Dios escribió la primera novela de ficción. Compuso el mito y creó la literatura universal que es inimitable al igual que incomprensible. En El gaucho Martín Fierro de Hernández, no leeremos al protagonista dudando de su creador, tampoco Aquiles pensó en Homero o Eneas en Virgilio. El mundo que los héroes conocieron fue su destino y final.
Será, tal vez, el hombre quien reescribe el mito, inventa a Dios o marca su destino.
Todo me lleva a creer que Dios existe, y el hombre es solamente un sueño del Creador.