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Viernes, 30 de Octubre del 2026

Si hablamos de Jorge

 

 

 

 

¿Es verdad que existió o lo inventamos? 

 

Cosa difícil de adjetivar, y no es hacerle un desprecio comenzar así. A estas alturas ya tenemos que nombrarlo como La Cosa, con sus correspondientes mayúsculas; el tipo es un monstruo que con el correr del tiempo, lejos de achicarse o perderse en el olvido, continúa creciendo.

 

Algunos se afanan en estudiar su literatura, otros hablan de “orillas”, le ponen laureles que luego otro viene y se los quita. Defienden al erudito, le pegan al aristócrata, lo llaman gorila, se burlan de su tartamudez. Parece cosa sencilla de criticar.

 

Yo lo miro desde lejos y me parece tan imposible como el más imposible de todos los cuentos fantásticos de la historia. Él me parece imposible, su manifestación física es una acusación completa al debate de si Dios existe o no, al del sentido de la vida; seguramente el mío no sea motivo para documentar, pero el de él sí. Si se discute en algún momento cuál es el sentido de la vida, la primera respuesta que debe ofrecerse a mano abierta es él. Acá está el sentido de la vida, ser Borges. Cosa que justifica una existencia.

 

Toda su biografía pareciera estar preparada de manera minuciosa hasta el detalle más ínfimo: su niñez, los libros, su padre profesor, su madre haciéndole respetar a Dios, su abuela hablándole en inglés, las horas encerrado en la biblioteca con apenas cuatro o cinco años y el perfecto dominio de los idiomas que manejaba. El tipo, un día, despertó llorando al haber soñado en alemán, que alguien me diga que no es digno de un personaje fantástico en lo más alto de la literatura fantástica de los tiempos.

“Ese día desperté llorando. Había dominado el alemán”. Aprendió solo, so-lo a hablar alemán así, con la facilidad que uno aprende a, no sé, a atarse los cordones. Y digo cualquier cosa.

Eso es ser una persona anormal, en lo amplio de toda la palabra; yo creo que en el diccionario, junto al concepto de “anormal”, debería estar adjunta una foto de él.

 

No conozco a nadie que se haya rodeado de tanta mística en su vida.

Después hay que ver con cuál de todos quedarse o con ninguno. Me inclino a pensar que lo último es inadmisible. Todavía me parece ilógico pensar que a alguien se le pueda escapar el hecho de no conocerlo.

 

Pasó el siglo XX y con su paso tantos hombres. Este se escapó de los cementerios de todas las reencarnaciones y vidas pasadas y encontró la forma siendo argentino, siendo lo que era, un distinto. Jugó una partida de ajedrez con la muerte y se la ganó. Atravesó los límites entre la realidad y la ficción convirtiéndose en lo que tanto amaba, él mismo se convirtió en literatura. Así como algunos se pasan la vida construyendo una casa propia o pagando el auto, él se pasó la suya colocando letra por letra a lo que sería el trabajo de toda una vida. Estoy seguro de que todo su esmero lo puso en componerse a sí mismo en la novela que nunca escribió, porque entre líneas quería que alguien notara que para eso estaba él; no precisaba escribir una sino que otro leyera su vida como una. No le falta nada, no tiene fe de erratas. No se le complica el desarrollo de la trama o lleva mucho tiempo el boceto principal. No hay que ajustarle el estilo o hacerle correcciones graves. El final es inmejorable aún.

 

Aquel que renegó de los símbolos patrios, no escuchaba a Gardel ni le importaba el fútbol. El mismo que no veía en Perón o los peronistas ni siquiera rastro mínimo de inteligencia, ese que no encontró en las mieles del amor una mujer ni un hijo. El que se quedó con su madre. El que tuvo pocos o ningún amigo. El que veía y dejó de ver; hasta eso le da todos los ingredientes mágicos para creer definitivamente que nunca existió del todo como un humano más de carne y hueso. Al hombre que se le habían dado todos los libros para leer y los había leído, o al menos eso parecía, también se le dio la ceguera para sellar un destino de sabio como aquellos de la Antigua Grecia. No le falta nada al cuento este, está perfecto, sería un sacrilegio corregirle una coma siquiera. Si hasta el punto final es perfecto. Aquel exilio no forzado o sí, él sabrá. Morir lejos era un deber del personaje ficticio llamado Borges. Era justicia poética.

 

Leí en alguna oportunidad que no quería morir en Argentina, en una Argentina que no se parecía en nada a la que supo amar. Esa de los aljibes y arrabales ya no existía, había sido demolida por un modernismo inevitable, mortal. Y así lo sintió y partió.

Tal vez regresó sin que nadie lo viera al lugar de donde nadie lo vio salir. De ese mismo lugar donde se guarda el libro más preciado, tal vez un día volvió a esa biblioteca que tanto amó. De eso no me cabe la menor duda.