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Sábado, 31 de Octubre del 2026

Niños sin celulares

PLAY

 

Parece ficción esto, ¿cómo que no había celulares? ¿En qué sentido no había, se cortó el wifi querrás decir? No. No había del verbo “NOHABER”, así nomás.

Los que recién aparecían eran unos chiquitos, feos, que tenían solamente el juego de la viborita con una pantalla verde que era una cagada, polifónico lo máximo y con 150 caracteres para mandar mensajes de texto, sólo eso había, lo mismo que decir que no había un carajo de celulares.

Todavía no pensábamos en poder hablar con la IA, tener algo que se llame Facebook, instagram, X, ¿Influencers? Carlitos Balá era influencer, Piñon Fijo; teníamos un horario para ver algún programa infantil con dibujos animados y chau; salvo alguno que era más puto y tenía canales de cable en la casa, pero eran los menos, porque tampoco necesitábamos nada de eso. 

 

Les voy a contar a los más jóvenes una época pasada que bien podría comenzar como un cuento clásico, “había una vez en un tiempo muy lejano niños que no usaban celulares”. Pensarlo ahora parece ilógico.

 

Cómo haces para hacerle entender a un pibe que se puede vivir también sin tener un cable conectado en el culo día y noche, pegado a la pared, dándole a full hasta que se le reviente la batería en la cara o que se muera por inanición. 

 

Cómo le explicas que se puede salir también sin tener que mandarle 50 WhatsApp y 40 audios a un amigo para llegar hasta la casa. Porque nosotros vivíamos así, al día, al momento, capaz que nos íbamos desde Burzaco hasta Avellaneda para ver a un amigo y llegabas a la casa y recién ahí te enterabas que no estaba, que se fue a lo de la abuela, y puteando te volvías, pero sin problemas, no era la muerte de nadie, no nos estresábamos y lo subíamos a las redes. 

 

En aquella gloriosa época de la que soy, los de la generación del 90, no había trends de Tik Tok, no ibas a ver a nadie bailando en la calle como un idiota alienado a una pantalla, tampoco te iban a parar para ofrecerte ninguna mierda si lo seguías en las redes, eso no existía, y éramos felices, se puede ser feliz sin celular, créanme. Yo vengo de esas tierras lejanas. 

 

Me acuerdo veranos enteros jugando en la calle, a juegos que seguramente eran mortales y te podías abrir el brazo o la pierna e infectarte con cualquier alambre de fardo oxidado y morir, pero morías feliz, te morías jugando como un chico que hace cosas de chicos. 

 

Éramos creativos para hacernos mierda, eso sí; recuerdo un juego que se llamaba “la mosca”; se dibujaba un círculo en la calle, con ladrillo con lo que sea, y tenías que salir saltando en una pata y tocar a otro y se convertía en mosca, y hasta que no llegaba al círculo todos lo tenían que cagar a patadas, y siempre agarraban a uno de punto que era el gordo boludo, y era yo ese gordo boludo, pero no me quería matar por eso ni me agarraba ansiedad, porque todo eso llegó con los celulares. Jugábamos a la mosca porque sí, nadie ganaba, era más probable que le rompan la cadera a uno de un voleo a que gane, pero igualmente éramos felices. 

 

Nos mirábamos a la cara para putearnos, las cosas se arreglaban así; nadie iba a tuitear o mandar estaditos. 

 

Me acuerdo que un día hubo una tormenta muy fuerte por donde vivía y un rayo partió un árbol gigante que estaba en la esquina. Estuvo ahí como un mes sin que nadie lo saque. La cuadra había quedado cortada y no pasaban los autos. Entonces era nuestra la calle, hacíamos lo que queríamos. 

 

Yo no era bueno trepando árboles pero no me importaba nada, a mí ni a ninguno de los demás chicos, nos pasábamos horas enteras hasta que llegaba la noche subiendo y bajando como si fuera eso lo mejor del mundo. 

 

Armábamos nuestros carros y jugábamos carreras. Yo sé que decirlo así sin explicarlo puede causar una embolia cerebral en la cabeza de un pibe de 13 o 16 años que lo escuche (lea) ahora, pero lo voy a explicar.

El carro era una estructura, casi siempre de madera, que tenía la forma de un auto; era una tabla cuadrada donde ibas sentado y tres maderas más que eran el esqueleto, una transversal que unía la parte delantera y trasera, y que a su vez ahí iba clavado el asiento y con un tornillo largo le hacíamos un agujero para que tenga movilidad las ruedas de adelante, que las movías con las piernas o le podías atar una soga y lo manejabas con las manos. Las ruedas eran de rulemanes y para jugar la carrera se necesitaban dos por equipo; uno que maneje y otro que lo empuje. 

 

En mi cuadra había de esos árboles que caen unas bolitas verdes que después se vuelven amarillas y tienen como una semilla, y son durísimas, y si se te trababan en las ruedas del carrito salías volando y te hacías re cajeta; una vez me pasó y me fui contra el cordón de la vereda, además de salir volando y embarrarme todo con el agua estancada, enganché un pedazo de vidrio y me abrí el brazo. Nada grave, te cagabas de risa, te enjuagabas y seguías. 

 

Y así mil juegos más que no precisaban batería, internet, señal o saldo. 

 

Jugábamos a la bolita, las figuritas, el 25, al tenis fútbol, la escondida, a la guerra con unas gomeras chiquitas. 

 

A esas las llamábamos “pingo panga”, esto era creación original y artesanal nuestra, no lo van a escuchar en ningún otro lado. Las hacíamos con forma de gomera pero eran de alambre y chiquitas, y las municiones eran unas “U” del mismo alambre que iban enganchadas en la bandita elástica, un arma letal. 

 

Otro de los nombres que habíamos inventado eran las “capsup ju”, unas flores con forma de campana que tenían un juguito adentro, re dulce, te cagabas parado pero eso era cien mil veces mejor que tener un celular en la mano. Porque es el día de hoy que tengo 34 años y una valija llena de recuerdos, historias, anécdotas, y todas son mías, no las creó la inteligencia artificial. Yo viví en un mundo de niños sin celular.