Hablar bajo
Los lunes siempre serán un naufragio de caras y piernas que se dirigen al mismo lugar, como cada martes, cada miércoles. La historia me la contó Figueroa en un feriado.
Yo me encontraba taciturno, embebido de algún pensamiento intrascendente como aquellos que suelen tener los desempleados de abril en pleno mayo y a pocos días de quedar sin alquiler. El asunto me tomó por sorpresa como trago caliente de matecocido. Lo vi cruzando la calle desde mi ventana; no había nada en el plato y la dicha de ver a aquellos que compran el pan a diario —o casi— me pareció mejor plan. Pensé, «en una de esas me ve y se digna a tirarme un pancito». En ocasiones funcionaba para conseguir un pucho, un peso, alguna sobra. Y así surgían las charlas y los chismes también. Me acomodé la camisa y salí al patio.
Me dijo que a eso de las cuatro de la madrugada cosieron a puñaladas a un pibe. “Nadie lo va a reclamar, más que su pobre vieja”, agregó.
No era algo inusual, ni la noticia ni el método. Se dice que desde que asumió la presidencia el tirano ese con ínfulas de payaso, la gente anda alborotada, y no es alboroto: es hambre.
A otros los mata el frío de la noche; a este le tocó tal suerte. Y todo por el rumor de haber robado un pedazo de pan para llevar a su hogar. No faltó el que lo acusó de vago, de croto, de sinvergüenza. El caso es que tenía catorce años nada más.
Volvía de hacer una changa: el pan lo había pagado.
Por desgracia lo único que hizo de malo fue decir que el presidente los estaba matando de hambre. Total a un pobre gil nadie lo va a reclamar más que su santa madre.
Figueroa me dejó dos panes al irse y cinco pesos para los puchos. Yo no salgo, pongo llave en la puerta, hablo bajo.