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Jueves, 29 de Octubre del 2026

Feliz cumpleaños

«No le queda mucho» nos dijo el doctor Heredia en el último parte: seré sincero si digo que no me sorprendió para nada el diagnóstico. No le quedaba mucho, el asunto era cómo decírselo a ella. Ella que llevaba la tranquilidad en el rostro y la resignación, pero decírselo ya era otra cosa. 

 

Claro que, viéndolo ahora y a la distancia, todo aquello parece una locura. Esa misma noche expiró, a nada de las últimas palabras del médico que traía en su cara las palabras del último adiós. Ella no se inmutó siquiera ante las lágrimas de todos los que la rodeaban, soltando el último llanto que tenía ese sabor salado entre alivio y tristeza. Se habían terminado las noches de incertidumbre y los paseos intermitentes entre ambulancias y camillas que parecían no tener fin. 

 

Al día siguiente asistió como todos al velorio, se la vio pasar junto al cajón y dejar unas fresias. Parecían de vidrio sus ojos: inmóviles. 

 

Acompañamos el coche fúnebre hasta su último destino y desde entonces no la vimos más. No puedo ser exacto en tiempo o fechas, pondré como un estimativo la distancia entre tres semanas a un mes. 

 

Los chicos volvieron a la escuela con normalidad: habían dejado de asistir por todo el asunto. Mabel se dedicó a los negocios que dejó el difunto y a ella le quedaba la casa de su fallecido hermano, los perros y los malvones. Nadie la visitaba desde hacía mucho. Todos creímos prudente darle un tiempo para que haga el duelo. 

 

Pasó un año.

 

La cosa fue que era el día del cumple de la abuela y nos pareció de mala educación no invitarla. Todos los años era en una casa diferente, el último había sido en la casa del ya difunto Esteban, mi cuñado; por orden, el siguiente sería en la casa de ella, pero cómo hacerlo en su casa si era la misma del difunto y del último encuentro. Ella era la hermana del medio de tres hermanos; Esteban el mayor y Mabel la más chica. Resolvimos que Mabel como era la menor le tocaba ahora, el año que viene si ella estaba mejor de ánimo lo haríamos ahí, en su nueva casa. Me mandaron a mí a buscarla. 

 

Desde la puerta cancel se veía todo apagado. No me gustó para nada el aire pesado que se percibía al cruzar el zaguán y el primer pasillo. Era una casa grande.

 

Hacia la derecha las habitaciones y enfrente, cruzando el patio, la cocina y el lavadero. Pasé los tres baños en línea recta y el jardín tan bien conservado por ella. La tarde llega junto con la noche en invierno, no recordaba de dónde se encendían las luces, crucé casi de memoria, una muy mala que me hizo llevarme todo por delante. 

 

—¿Quién anda ahí? —escuché con una voz que, a juzgar por la falta de más habitantes en la casa, me decía que era la de ella. 

 

—Soy yo, Tito. Hoy es el cumpleaños de la vieja, lo hacemos en casa. Mabel ya organizó todo —contesté con todo lujo de detalle para que no me preguntara nada más y así poder irme.

 

—Pensé que me tocaba a mí hacerlo —respondió con una voz de ultratumba. 

 

—Sí, te tocaba a vos —agregué, intentando mantener un tono familiar que no delatara mi horror—, lo que pasa es que no quisimos molestarte. Como hace rato que no aparecés…

 

De repente se abrió una de las puertas de las habitaciones laterales. Justo a mis espaldas. No vi debido a la oscuridad, fue el olor a muerto que me condujo la mirada y el olfato hacia donde provenía. 

 

—Voy a ir. 

 

Fue lo último que dijo antes de que me fuera. A decir verdad si dijo algo más tampoco le di tiempo para oírlo. Lo único que quería era dejar esa casa del demonio. 

 

Por supuesto que, al llegar, le comenté a mi esposa Mabel lo que había presenciado allá.

 

—Ya sabés que no quedó bien después de lo de Esteban —me dijo, buscando alguna razón lógica al caso—. Hay que buscarle un novio, ¿vos no tenés algún amigote más o menos presentable para ella? 

 

— ¿Y quién va a querer meterse con esa loca, me querés decir? —asumo que respondí un poco apresurado, pero no me salió otra cosa.

 

—¡No seas tan guacho, haceme el favor! 

 

La conversación se cortó ahí y del tema no se habló más. Después llegaron los invitados: los primos y sobrinos, cuñados y demás, algún que otro vecino de la vieja. Todos menos ella.

 

Pusieron los sanguchitos de miga sobre la mesa, los fosforitos, palitos salados, serví el vermú. Nada fuera de lo común en tantos años de matrimonio y fiestas. Todo normal hasta que se escuchó que alguien llamaba a la puerta. 

 

Era el primo Fabián con una caja en la mano.

 

La puso sobre la mesa y dijo:

 

— Feliz cumpleaños vieja, no querían faltar.

 

 eran los huesos de Esteban y de ella.