Club Atlético Borges
A ningún ser humano se le podría cruzar por la cabeza la descabellada y burda idea de asociar al erudito con el esférico en una misma oración que termine bien. Ningún ser humano nacido en la inmensa llanura, esa misma que una vez Sarmiento le adjudicara la extensión como origen de sus males. El desprecio del primero por lo segundo es tan conocido a nivel global como Maradona o Gardel.
Tal vez las sombras de Stevenson o Conrad le pisaban los talones tan de cerca, tan pegado al cuerpo: sabido es que a ambos escritores les parecía un absurdo aquel deporte, Conrad lo detestaba. Su ferviente admirador rioplatense no podía ser menos y decepcionar a sus mentores, se me ocurre. Todo menos aquella barbarie intitulada “fútbol”.
Al respecto me instruyó el buen amigo Noriega sobre detalles que yo, como tantas otras cosas, desconocía. Para él, resultaba contradictorio el asunto de que Borges no percibiera en el fútbol una cuestión de honor y coraje. No se imaginaba cómo un hombre podía comportarse de manera tan antipática ante el abrazo de otro que lo invitaba a festejar la primera Copa del Mundo ganada por la albiceleste.
—Borges es un inglés más, por eso no siente la camiseta —esbozaba con cada centímetro de pieza dental, lengua y cuerda vocal que se lo permitía.
Por el contrario, yo me lo imaginaba como esos niños vergonzosos que se esconden debajo de buzos enormes en las profundidades de los bancos de escuelas, atrincherados en sus pupitres rogando no ser vistos; deseando ser invisibles. Ocultando un secreto. ¿Y si en realidad lo apasionaba y no podía decirlo?
Así como un hombre calla, aterido por la condena social que significa preferir el ballet antes que la pelota o el boxeo, o el que sabe que nunca será jugador de fútbol, árbitro, juez de línea o relator como hubiese querido su padre; ni siquiera alcanza pelotas. Borges como intelectual y con el agregado mismo de ser “Borges”, no podía darse el lujo de salir por la tv junto a los periodistas deportivos y agarrarse del saco contra otro que defenestraba la actuación de Boca Juniors el último domingo.
Noriega se restregaba las manos mientras componía cada línea de su prosa que solamente tenía por objetivo convencerme de no afiliarme al club. Apelaba a comentarios dichos por el autor en revistas, entrevistas radiales y televisivas.
—Pero mirá. Mirá Jorge —me decía señalando los recortes de diario que había traído en los bolsillos, y ahora los ponía sobre la mesa para mostrármelos—. El tipo es un desagradecido, un apátrida.
Recordé tiempos de secundaria, cuando junto al buen amigo presente y algunos más: el colorado Urruti, el Negro Zamora, Rivero, la Coca Alberti, Falucho, el Flaco Espíndola, el Gordo Tita, y otros que se me escapan seguramente, jurábamos con gloria morir en el verde pasto que a veces era tierra nomás. Allí donde se desarrollaban guerras épicas que dejaban a Aquiles y a los mismísimos dioses del Olimpo como simples aficionados en el combate. Jugábamos por el honor, por la escuela, por la amistad que nos unía. Homero hubiese escrito sobre nosotros de habernos visto antes de elegir La Ilíada, seríamos nosotros los fundadores de la literatura occidental, y nuestros nombres estarían incluidos en los himnos patrios junto a Belgrano o San Martín. Pero no, nos tocó vivir en esta vida y este tiempo. Como a Borges le tocó ser este Borges y no el de sus ancestros militares que supieron empuñar el sable o disparar el fusil. Tampoco el Borges futbolero.
Para defender la disciplina del balompié Noriega se tuvo que ir a la … Dinastía china, 2000 años atrás, hasta el siglo III y II A.C. donde ejércitos militares crearon el cuju, antecesor del juego en disputa, bélicos hombres diezmaban la tierra con su sangre pateando una pelota.
—Y eran tipos preparados eh. Disciplinados, duros, te cortaban con el sable diez veces antes de caer al suelo.
En su entusiasmo ya no sabía cuándo me decía la verdad y cuándo estaba exagerando, pero conseguía atraparme con sus datos históricos absolutamente cuestionables. El punto, para él, estaba en desarmar aquello de que hombres corriendo detrás de una pelota era una idiotez, como decía el escritor.
—¡Hay que ser muy corajudo para decirle idiota a uno de esos chinos eh!
Yo no decía nada, ni sí ni no. Me dispuse a cambiar la yerba y a calentar el agua nuevamente, advirtiendo que la conversación venía para largo.
—Ahora aparece este que nadie lo conoce en el barrio para poner un club que se llama, justamente, Club Atlético Borges. Pero a qué descerebrado se le puede ocurrir semejante oxímoron.
Sin más preámbulos llegó hasta el quid de la cuestión y motivo de su visita.
—Y eso no es todo. Además vos te querés afiliar como socio. Y decí, mirá, de-cí, que me lo crucé al Gordo Tita anteayer y me lo contó por un chisme que se corrió por ahí, sino —se detenía solamente para secarse la transpiración de la frente o para agarrar el mate.
—Pero escuchame, atendé. Vos no podés hacerme esto a mí. Te querés asociar a un club, yo te llevo, Jorge. Vamos a Ferro, o a Huracán, ¿te acordás que a vos te gustaba Huracán? Yo sé que tu viejo era de Boca. No tenés que ser del mismo equipo que yo. Eso… te llevo a la Bombonera.
Miré disimuladamente el reloj en la pared. Me tranquilicé al saber que todavía faltaba media hora para ir a la cancha. Decírselo así de prepo sería como una estocada mortal.
Después hablamos del negocio, la familia. Al Negro Zamora lo habían operado por tercera vez del corazón. No había nada más que hacer, todos elegimos un destino.
Eran las dos de la tarde cuando le dije que tenía que dejarlo. Lo acompañé hasta la puerta, ya listo para salir junto a él. Regresé un instante para tomar el saco del perchero cuando se cayó al suelo con la foto hacia arriba en el medio del paso, entre él y yo.
Se leía con claridad: Jorge. A. Rodríguez - Socio n° 0000343.