Casciari me robó un cuento
“Un cuento en realidad no, fue el nombre para un libro que quería publicar”. Y ahí ya me dejan de creer mis amigos cuando se los empiezo a contar. Pero juro con la mano apoyada sobre el Martín Fierro, que así fue.
Yo desconocía su obra para ser sincero, totalmente; un día me salió en Facebook o algún reel, no recuerdo bien —otra inconsistencia en mi relato, a estas alturas ya me dejaron hablando solo— la cuestión es que leí Finlandia y me atrapó.
Averigüé quién era, de dónde salió, si tenía algún libro publicado. Al tiempo me enganché con los programas después del noticiero, donde habían encontrado el curro con una marca de somier y aparecía el gordito después de la medianoche leyendo en voz alta sus obras. Yo venía del palo de Borges, Cortázar; había escuchado sus audiolibros en cassette, y me parecía mágico oírlos. Este no era tan mágico.
Fue cosa de meses, más bien semanas, para que de un plumazo me leyera una cantidad de cuentos y textos escritos por él.
Yo siempre tuve la inquietud de escribir algún cuento, más o menos, potable que pudiera llegar a ser publicado. Pero no encontraba esa “chispa” alentadora, inspiradora. Me pasaba noches y tardes enteras olvidándome de mis obligaciones, sumergido en las grandes obras, no, ya no hablo de Casciari, me refiero a grandes obras de la talla de Borges, del cual soy fanático hasta los huesos —como del Diego, Messi, Pugliese o Goyeneche. Trataba de ensoparme, cuan pan en el plato de sopa, con toda la literatura que me rodeaba, otros escritores como: Jauretche, Dolina, Unamuno, Walsh, Fontanarrosa, Marechal, y algunos más. Pero el milagro de la inspiración no llegaba. Y ahí estaba a la vuelta de la esquina el gordo.
Un escritor argentino joven, que estaba en pleno siglo XXI, no era un erudito y no escribía como tal. Sus cuentos parecían más bien anécdotas cruzadas con lunfardo y argentinismos modernos en una literatura nueva y novedosa para los tiempos que corren. Me entusiasmó ver que un tipo tan desfavorecido y con una pronunciación tan mala haya alcanzado la gloria. Hasta le escribió un cuento a Messi. Y Messi se lo agradeció. Todo bien había hecho el gordo Casciari.
Todo bien hasta ahí. Cuando decidió robarme.
La cosa es que nos separamos, él siguió su vida de logros y fama, yo me puse a escribir unos cuantos cuentitos y relatos cortos, y un día me animo a hablarle.
Sí, me animé a encararlo yo, ya que no me registraba por su cuenta. Yo no buscaba Instagram de minas, no, mi objetivo era un gordo barbudo y mal peinado que escribía cuentos y salía en radio y tele. Me había convertido en un “obse” de Casciari.
Encontré la cuenta, le profesé mi amor no correspondido y le dije que tenía un nombre ideal para publicar mi libro, que sería una persona —qué iluso— bendecida si él me adoptara en su editorial. El libro iba a llamarse PURO CUENTO.
“El asunto, una zoncera”, dijo Larralde. Por supuesto que no me respondió ni me dio pie para decirle ni la más mínima cosa. Eso parecía en su momento; que ni siquiera me había leído.
Entérese que sí. El maldito gordo me leyó.
Pasado el tiempo, con la herida cicatrizada, volví a mi viejo amor llamado Jorge Luis Borges y dejé atrás aquella ficción llamada CASCIARI. Cuando de repente, ¡zas! Sale un nuevo libro y cómo se llama, PURO CUENTO de Hernán Casciari. Creo que nunca en mi vida puteé tanto a un tipo. A nadie. Fue mi debut ese día.
Busqué el chat de Instagram, lo imprimí, lo amplié y lo enmarqué para ponerlo en el medio del living donde todos puedan verlo y contarles hasta que Dios me lleve que Casciari me robó un cuento.
A la fecha nadie me cree. Dicen que es falso, que es imposible, que soy un desquiciado, que no tengo la más mínima vergüenza. Yo no hago caso, ahí está colgado en casa. Y ya no importa si me inventé toda esta historia, si el chat nunca existió o si lo hice yo mismo una noche que estaba desvelado. Porque yo no lo hice para publicar un libro y hacerme millonario. Tengo otra riqueza, una historia para contar. Y mientras todos los demás van detrás del dinero y la fama, robándole nombres de libros a un pobre infeliz, yo ya gané.